En la tarde del 23 de diciembre de 2007 mi padre, mi cuñado y yo asistimos al estadio Julio César Sandino de Santa Clara para presenciar el choque entre los equipos de Villa Clara y Santiago de Cuba.Muy buen juego donde hubo derroche de todo por parte de ambos contrincantes. Fue un vedadero placer, después de más de 20 años, el poder volver a ver un partido de béisbol en vivo donde participaba la novena naranja dirigida por el legendario Víctor Mesa. Lamentablemente esa tarde los villareños cargaron con la derrota con un resultado de 6 carreras por 5.
No fue eso, sin embargo, lo que más me impactó en ese juego.Por las gradas del estadio se paseaban, de un lado a otro, jovencitas de unos 12 ó 13 años y tal parecía que no habían ido allí para disfrutar del evento. También había un grupo de muchachuelos de igual o menor edad que, cada vez que las jóvenes pasaban, las tocaban por las nalgas y a veces hasta les pegaban. Yo los dejé pasar una y dos veces, oyendo con dolor en el alma, cómo unos adultos sentados detrás de mí reían a carcajadas disfrutando del atrevimiento de los "valientes" muchachos.
Lo comenté con mi padre antes de intervenir y me sorprendió que me recomendara que "no me metiera en eso". Quizá mi padre eso lo vea con sus ojos acostumbrados a la sociedad machista donde él nació, creció y ya va envejeciendo. Tampoco quería mi viejo que yo fuera a buscarme un problema con los padres de los chicos. De todas maneras, yo vivo fuera de Cuba desde 1988, y desconozco ya algunos de los códigos de la sociedad cubana.
Hablé con mi cuñado para ponerlo al tanto de la situación que podría avecinarse. Tampoco me recomendó que actuara pero yo quería tener un backup.
Unas muchachas pasaron una tercera vez y fueron objeto de acoso nuevamente por parte de los chicuelos. Mi primer ataque fue dirigido contra los adultos que reían detrás de mí. Les pregunté que dónde estaba lo cómico de las escenas. Que si ellos consideraban que avalar actitudes como esas era digno y qué valores les enseñaban a esos chicos. Me extendí a la escuela y a la sociedad en general, hablando en voz alta para que muchos me escucharan. Para mi sorpresa, se retractaron y reconocieron el grave error que habían cometido.
Acto seguido me dirigí a los jovencitos. Les dije que eso que ellos hacían era una falta de respeto muy grave hacia las muchachas. Que toda persona, si quiere ser respetada, debe respetar primeramente y, si ellas no lo habían solicitado, no debían ser tocadas ni por las nalgas ni por ninguna parte. Eso es acoso sexual en Cuba y en todo el planeta.
El gobierno debería priorizar la educación moral de los niños antes de llenarles la cabeza de veneno político. De la educación de los niños de hoy depende la sociedad que tendremos mañana.

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